Mientras miles de personas son adictas a las drogas, miles más al alcohol y otros más al cigarro, yo soy adicta a los dulces y demás comidas chatarras.
Mis peores rachas han sido en manos de paletas indy de chilito, chiclosos de cajeta, pecositas de uva, krankys, roles de canela bimbo, galletas príncipe, donitas del Costco, bubulubus, m&ms de arroz inflado, chocokrispis, paletas de vainilla, papas a la francesa, papas de carrito, palomitas nadando en salsa valentina, doritos diablo, gomitas de salvavidas, cinnamon pretzels, mayonesa y la cheesy bites de pizza hut.
Siempre es lo mismo: como algo nuevo, si me parece de lo más rico que he probado en la vida, no puedo dejar de comerlo y hasta siento necesidad de comprar más cuando se termina, son señales inequívocas de que tengo una nueva adicción y lo siguiente que recuerdo es a mi misma comiendo lo mismo semanas y semanas, hasta que lo consumo en tales magnitudes, que muchas veces termino fastidiada.
Mi peor experiencia fue con surimi, cuando, hace por lo menos ocho años, una de mis tías preparó una ensaladita y comí tanta de una sentada, que desde entonces no puedo ni olerlo.
Esta semana les hablaré justamente sobre una de mis adicciones, adquirida hace más o menos dos años, cuando estuve unos días en Europa.
En mi visita a Venecia tenía un calor espantoso y a la hora de la comida pedí una fanta. Cuando llegó, me asusté porque el vaso era como de un litro, ¿dónde me iba a caber tanta, especialmente a mi, que no soy nada fan del refresco?
Tras un primer sorbo llamé al mesero para preguntarle si habían rebajado mi refresco con jugo natural, se sorprendió y me dijo que no. Me bebí hasta la última gota, me pareció de las cosas más ricas que había tomado y que el mesero me estaba viendo la cara.
Al día siguiente, me mató la curiosidad, así que de nuevo pedí una fanta y casi lloro de la emoción cuando me di cuenta que el sabor era el mismo que la del día previo.
Así que a partir de ahí, me dije: me quedan dos semanas aquí, tengo que beber toda la fanta que pueda en Europa, porque en México no tiene absolutamente nada que ver. Y en realidad tenía un poco de coraje porque no entendía cómo era posible que allá bebiera un refresco que parecía de jugo natural y aquí tomáramos uno color naranja fosforescente.
Bueno, pues como mis 14 días de fanta intensiva no fueron suficientes y de verdad que la extrañaba y moría por volverla a probar, entonces cuando uno de mis amigos, que vive en Madrid, vino de visita el año pasado, yo le encargué no ropa, ni bolsas y mucho menos chocolates, sino fanta!
Creo que para que me durara le daba un trago por día, hasta que al final se le terminó el gas y acabé por bebérmela de un jalón.
Hasta ahora deben pensar dos cosas: 1) Nallely tiene issues y 2) ¿como para qué nos cuenta esto si estamos en México?
Pues es que este fin descubrí que ya hay fanta sabor Europa aquí! Se llama fanta naranja y tras descubrirla en un fugaz viaje a Cuernavaca, he de confesar que boté el Absolut mango por no sé cuántos vasos de fanta.
Al final de la noche, todos estaban borrachitos, pero yo estaba felizmente sobria, con mi fanta.
Este post para nada es comercial y juro que no recibí ni un centavo a cambio! pruébenla y yo digo que sí les gustará, si no, siempre pueden dármela a mi.
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Dónde: quiero pensar que en cualquier tienda de autoservicio, pero si quieren ir a probar la de Europa, me invitan
Cuánto: no más de $20 (acabo de descubrir que tiene club de fans en Facebook)
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Por cierto, dedico esto a quien el sábado, ante mi fascinación, me preguntó: ¿el próximo jueves leeremos sobre las maravillas de este refresco? En realidad dudo que se acuerde de que esto pasó, pero sé que estos días serán complicados y es mi forma de recordarle que la quiero y que en la vida hay mil cosas por disfrutar, hasta la fanta.

